Amenizando con la banda El Recodo, cerró actividades proselitistas en la capital del país el candidato del PRI- PVEM,Enrique Peña Nieto ante miles de simpatizantes provenientes de diversos estados del centro del país.
Cuando ese hombre apareció a sus pies, el coloso despertó y rugió. Su grito era ensordecedor. El público miraba atento cada paso que él daba, y gritaba más fuerte. Así fue la entrada del candidato presidencial priísta, Enrique Peña Nieto, al Estadio Azteca.
Los asistentes llegaron al amanecer desde varias entidades de todo el país. Autobuses saturaban los estacionamientos del coloso de Santa Úrsula.
La clase política priísta no faltó a la cita.
Anunciaron a la banda El Recodo. Aplausos, gritos. Los músicos cantaron con los priístas del país casi una hora. Pidieron apoyar a la coalición.
Luego llegó el candidato presidencial. Dio un discurso de 25 minutos donde habló de paz y tranquilidad, de crecimiento económico y de que México tome una nueva dirección.
A las 8:00 de la mañana ya había enormes filas para entrar. No era un evento improvisado. La gente traía en mano boletos del Ticket Master que indicaba su asiento.
Cuando una persona salía de cualquier túnel veía sobre la cancha del Azteca, al fondo, un enorme templete con dos pantallas gigantes a sus costados, una tarima para más de 100 periodistas y fotógrafos. También se colocaron ocho módulos de sonido. Una cámara montada en una grúa.
En lo alto del coloso las dos pantallas del estadio. Un globo dirigible sobrevolaba bajo. Un helicóptero se detenía, como si flotara. El lugar era perfecto, había ahí todo lo necesario para que nadie se perdiera un detalle.
En ese momento, la gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega, se fotografiaba con quien se lo pedía.
Poco a poco llegaron los gobernadores del PRI, ahí estaban el de Nuevo León, el de Tamaulipas y el de Durango. El de San Luis Potosí, Hidalgo y Chihuahua, el de Tlaxcala, Aguascalientes y Nayarit, muy cerca el de Zacatecas.
Salió el sol. Aparecieron en la grama, juntos, Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa Patrón, Francisco Rojas y Francisco Labastida. Platicaban en corto. Nadie se acercaba. Les daban espacio. Cerca, muy cerca, sus aliados, los verdes: Jorge Emilio González, Arturo Escobar, Pablo Escudero y Ninfa Salinas.
El estadio lucía lleno, excepto por algunos huecos en la parte alta y en el sillerío colocado en la cancha; los menos.
Manuel Espino, ex líder nacional del PAN, se dejaba ver ante los reporteros. Más discreta, la ex presidenta nacional del PRD, Rosario Robles, ocupaba su lugar, a su lado Ramón Sosamontes.
Lo acompaña la familia
Cada quien ocupaba su lugar. Manlio y Rojas, al frente, junto a Pedro Joaquín Coldwell, flanqueado por los líderes de los sectores Obrero, Campesino y Popular, por la mayoría de los gobernadores emanados del tricolor. En lugar especial la señora Socorro Nieto de Peña, madre del candidato, y sus hermanos Arturo, Verónica y Cecilia.
Ahí, candidatos a gobiernos estatales, Beatriz Paredes, a la jefatura de gobierno del DF, escuchaban, aplaudían, soreían.
El coloso, formado por miles, sin importar que se tratará de un campesino de Nayarit o de un gran legislador, se le había entregado.
Perdido entre los asistentes, el ex gobernador Sócrates Rizo.
Enrique Peña Nieto caminó por un corredor y se acercó a la gente, a los suyos, a los más leales, a los mexiquenses que ocuparon las primeras filas, a los gobernadores, a su dirigente. El candidato sonreía. Subió al templete.
Los sonidos de los tambores se mezclaban con matracas, trompetas y batucadas.
El mexiquense llevaba cinco minutos hablando cuando un barullo inundó el Estadio Azteca, que se convirtió en un grito único de “sí se puede”. El candidato del tricolor hizo una pausa, miró a los suyos y aceptó: “Sí se puede”.